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Carrito

El poeta mediocre y los pimientos alejandrinos

By 13 mayo, 2015Artículos
El poeta mediocre y los pimientos alejandrinos _

En una entrevista concedida por Juan Goytisolo a la revista literaria Mercurio se puede leer:

E: “Me gustaría recordarle otra cosa que ha dicho en varias ocasiones. En contra de lo que algunos puedan suponer, usted no tiene nada en contra de los novelistas de best-sellers. Afirma que les está agradecido porque ellos dan a las editoriales las ganancias que permiten publicar obras más minoritarias”.

Juan Goytisolo. Artículo: El poeta mediocre y los pimientos alejandrinos.JG: “Gracias a los campeones de ventas vivimos autores como yo. Por eso soy mucho más cruel con los poetas. Un poeta nunca pude aspirar a vivir publicando sus poemas; o sea, no tiene justificación si es malo. —Un destello de picardía brilla en los ojos azul claro de Goytisolo—. El mal poeta no tiene ninguna excusa”.

Goytisolo señala con su respuesta la diferencia entre texto literario y producto editorial. Traslado su reflexión al caso de la poesía, que suele tener poco volumen de ventas, a menos que el poemario en cuestión esté firmado por algún autor consagrado (hay muchos que en sus inicios escribieron, o dicen que lo hicieron, poemas y cuando se convierten en afamados escritores aprovechan para publicar lo que en su momento les avergonzaba), y tampoco así el rédito económico suele ser mucho. Si ningún poeta va a vivir de sus ventas, qué sentido tiene esforzarse en lo que escribimos si el único beneficio va a ser la satisfacción personal de habernos exprimido al máximo, por quedar cerca de lo que queríamos expresar. Estoy de acuerdo con Goytisolo, en cualquier tarea que emprendamos debería primar la intención de dar el cien por cien, pero en asuntos de letras esta intención casi se convierte en un fin en sí mismo; pocos serán los que ganarán algo más que disgustos a la hora de monetizar sus creaciones. Por eso la finalidad de la poesía debe ser la buena poesía.

El poeta debe ser bueno o no ser, pero para mí la calidad objetiva en una obra —que no lo es tanto, ya que viene marcada por modas, corrientes y criterios editoriales— pasa primero por un acto de sinceridad y humildad personal. Cuando nos sentemos a escribir poesía debemos saber que la satisfacción con el texto final no debe ser complaciente ni marcada desde fuera, nos convertiremos en expertos en cuarentenas y en dudas. Solo si nos abrimos a la influencia de otros creadores que vinieron antes o que están creando al mismo tiempo que nosotros podremos ir evolucionando, poco a poco, como creadores.

En poesía no hay autores millonarios que hagan ganar a las editoriales montañas de dinero que puedan dedicar después a la publicación de esas otras voces extrañas, valiosas y minoritarias. Esas que se sabe con seguridad que van a vender un pimiento; alejandrino sí, pero pimiento.

Aun así, asistimos a una proliferación —y esto es una percepción personal— de lo poético en paralelo al desarrollo de internet. Todos quieren decir y decir con tono poético, ya que este permite licencias emocionales y expresivas que difícilmente podrían asumirse trabajando en otros géneros. Ante este hecho, el problema no es si la gente debe o no debe expresarse —qué tontería plantear esa cuestión—, sino cómo lo hacen y si merecen el tiempo que se tarda en leerlos. ¿Cómo podemos diferenciar, en apenas unos versos, una propuesta interesante de otra que es prescindible? La respuesta a esta pregunta nos deja caer en el mullido (o reblandecido y pútrido, según se mire) camino de la subjetividad. Hay que difundir la buena poesía, que se vendan libros de este género, sí, pero precisamente por su condición minoritaria, no tenemos por qué ensalzar productos de poca calidad y podemos optar por fomentar solo propuestas enriquecedoras. Pero donde manda mercado no manda marinero y el panorama está lleno de poetas de verborrea fácil y análisis descorazonador, de voces que cacarean y, como en otros géneros, suelen ser esos rebuznos los que más atención reciben y los que más tirón tienen a la hora de hacer pasar por caja a los lectores. Cuando los pseudopoetas comiencen a vender lo suficiente a lo mejor me declaro, como Goytisolo, defensor de los best-sellers líricos.

Ese fenómeno está aún lejos, quizás los versos nunca sean una mina de oro. Pero no debemos rendirnos y acomodarnos a un relativismo tramposo. Nada de soñar con vender hasta los empastes si en ellos hay escrito un soneto. Mejor nos dedicamos a ser buenos poetas, y para eso, primero hay que diferenciar la buena de la mala poesía.

Os propongo una forma de hacerlo: los poemas deben estar trabajados. Para que me apetezca seguir leyendo debo notar que han sido abiertos en canal y vueltos a cerrar, que no nos han soltado lo primero que se ha pasado por la mente del poeta, sino que hay detrás un esfuerzo de revisión, un afán de convertir el texto en el mejor posible. Creedme, eso se nota. Hay también buenos versos improvisados, frescos, que golpean, pero son minoría y suelen estar incluidos en composiciones breves en las que ni siquiera tiene sentido analizar nada ya que en ellas prima el ingenio y la frescura más que la hondura o el fondo poético. Prefiero buscar esos textos ya tallados que me hablan de una intención comunicativa sincera y que me incitan a desear más de la voz que ha sido capaz de captar mi atención.

Los malos poetas, dice Goytisolo, no tienen excusa; los poetas vagos, no deberían tener ni siquiera atención, digo yo.


El poeta mediocre y los pimientos alejandrinos

Víctor L. Briones

Tutor de Creación y Lenguaje Poético

Víctor J. Sanz

About Víctor J. Sanz

Víctor J. Sanz es escritor y profesor de escritura. Es Director de la Escuela de Formación de Escritores e imparte algunos de sus talleres de narrativa y de escritura creativa. Es Director del proyecto literario digital Letras Inquietas. Ha publicado un libro de relatos y varios libros sobre técnicas de escitura.

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